miércoles, 7 de agosto de 2013

Jesús Clonador
(borrador)
Por Isadora Montelongo 

No sé cómo comenzó todo. Sólo supe que Él estaba aquí, no sólo en todos los canales de televisión o en las Iglesias más importantes de las ciudades. Él estaba  aquí y en todos lados. Lo clonamos, dijo la compañía de genética que llevó a la quiebra a toda la competencia de productos transgénicos y de la famosa oveja Dolly que resultó en un fracaso  muchas décadas atrás. La Compañía Clonadora de Jesús aseguró que la presencia de Él en todas partes, sería un rescate a la integridad perdida del ser humano. Una puerta a la confirmación de la resurrección de la más perfecta creación de Dios en la tierra. La comunión entre la ciencia y la espiritualidad institucionalizada alrededor del mundo.
Yo veía el televisor cuando por primera vez lo vi. Lo habían mantenido oculto por 33 años. Salió ante la humanidad con una bata blanquísima y una barba trigueña y el cabello a rapa, no precisamente con aquella melena con la que las personas le conocíamos desde los primeros tiempos. La pantalla lo hacía ver inseguro. Ni si quiera habló. Se ocultó detrás del Presidente de la Compañía Clonadora de Jesús y del Presidente de las Naciones Unidas, del Presidente de los Estados Unidos, del Presidente del Reino Unido y de la familia Rockefeller.  Todos y cada uno de los Presidentes de los diferentes países que quedaban en el mundo estaban ahí, los dirigentes de la tercera parte del mundo que había sobrevivido a las catástrofes que creímos eran las del Apocalipsis.
Él con los ojos grandes, claros, aceitunados, cristalinos, su cabeza descubierta y su cuerpo alto y esbelto nos hablaba silenciosamente sin hablar.
Respiré y tomé a mi hija de tres años en mis brazos. Le enseñé lo que aquel hombre significaba desde que el tiempo fue tiempo. Mi hija sólo veía a un hombre a rapa común y corriente de bata blanca parado detrás de otros muchos hombres de traje sastre negro.
La Compañía Clonadora de Jesús, aseguró que no sólo se trataba de un clon extraído de la antigua tumba de Jesús que quedó bajo el mar muerto después del tsunami. Sino que se trataba de 33 hombres más, distribuidos en los diferentes países del mundo, movilizándose de ciudad en ciudad, llevando la esperanza humana de la creación a todas partes.
No hablaban, así que no se podía decir que dijeran la palabra de Dios. Sino que llevaban esa presencia silenciosa a todos lados, a los shows de televisión, a las ferias tecnológicas y genetistas, a las reuniones políticas y religiosas,  hasta que llegaron a la ciudad donde crecí toda mi vida.
La ciudad estaba preparándose para la venida de uno de Ellos, los demás recorrerían  y harían gira internacional, por varias partes de la tierra. El gobernador y el alcalde habían formulado un recibimiento de primer mundo, tal cual, lo habían hecho hasta en la población menos favorecida del planeta. Después de las catástrofes todos se habían convencido que la Religiosidad y el Estado  tenían que unirse para reactivar la esperanza humana sobre la hambruna, la devastación, el ataque de las plagas, la contaminación de los ríos y mares y sobre todo del odio humano que había contaminado a la mayoría de los pobladores realizando levantones, revueltas y matanzas por lo poco que quedaba.
Fueron los pocos que quedaron de las congregaciones cristianas quienes comenzaron a dar el primer paso. La Iglesia católica había quedado hundida tras los terremotos terribles que la dejaron destrozada, más los escándalos provenidos dentro de su institución décadas atrás. De las demás religiones no creyentes a Jesús, tomaron voto a favor de la iniciativa que proponía la compañía Jesús Clonador.
La población poco a poco durante 30 años fue volviendo a un cauce normal. Sin embargo, todos sabíamos que se necesitaba más que un milagro para que la humanidad volviera a reaccionar.
La plaza principal de la ciudad había sido reconstruida para la venida de Jesús, la gente aglomerada hacía cánticos de diferentes especies, el lugar era una boca que no dejaba de cantar. Mi hija me miraba con esos ojos vibrantes y oscuros que no sabían lo que esto significaba para la humanidad entera. La esperanza de que todo aquello que había sido destruido, parecía quedarse atrás.
Lorena me miró justo antes de desaparecer entre los escombros y el lodo que arrastró lo último que quedaba fijo a consecuencia de la lluvia. Yo no tuve fuerzas para sacarla de adentro del suelo, cerca de tres años atrás, en la última catástrofe registrada de las cientos que pasaron por tantos años.  La mezcla de escombros y lodo la absorbía y la gente corría desquiciada tratando de salvarse. Nadie ayudó, nadie, en los ojos de la gente había terror. Éramos como animales corriendo de un lado a otro en camadas feroces. Sostuve a nuestra hija y vi cómo su madre desaparecía entre los escombros, ahogándose poco a poco como una flor en el fango que va adquiriendo el color de la muerte.
La pérdida de Lorena fue sólo un comienzo de un bucle de desesperación, hambre, angustia, odio y lucha.
Por días quedamos incomunicados sin nada qué comer, la lluvia siguió y el suelo no era seguro, un golpe de lodo tras otro.
Estar ante la expectativa de un clon de Jesús, abría puertas hacia la luz de una nueva época, hacia la reconstrucción total de lo que el pasado nos había arrebatado en cada rincón del mundo.
Nadie había escuchado a los clones hablar, nadie desde su creación. 33 años habían permanecido en silencio.
¿Cómo pudieron saber que esta vez hablarían? Nadie lo sabía, pero no permitíamos que una duda dejara un hueco dentro de nuestros corazones. No esperábamos que la palabra saliera de sus bocas. Sólo estábamos ahí por un trozo de esperanza.
Todos ayudamos con las palas y carretas a quitarle los cuerpos de nuestros seres queridos a las entrañas del suelo. Desenterré a Lorena, justo frente a los ojos de nuestra hija. Desenterré su cuerpo mojado, pintado de tierra y frío como todo lo que había quedado abajo. Hecho lodo.
Mi hija me abrazó y borré cada recuerdo ante su sonrisa. La plaza estaba de un color blanco, todos con las posibilidades a nuestro alcance se alzaban con la emoción dentro del pecho de presenciar la historia en carne y hueso frente a nosotros.
La plaza tuvo a su Jesús, en una bata blanquísima que se podía ver relucir desde lejos. Los dirigentes políticos y los dirigentes religiosos hablaron, pero Él calló, como un maniquí que sólo mira. Fueron los eventos simultáneos en todas partes del mundo,  a las tres de la tarde fue un silencio, en algunos lados con un sol intenso, en otras con variación de llovizna y vientos leves.
Jesús alzó los brazos a medio discurso del Gobernador y un silencio descomunal se hizo.
─ No hay esperanza, ─pronunció con una voz dulce y clara.
La turba permaneció callada, los corazones en taquicardia y adrenalina querían llorar, gritar, desesperarse, como en los días de las catástrofes.
─ Aquí, no hay esperanza, sino la que el hombre siembre por sí mismo sobre el corazón de su prójimo.
Jesús bajó los brazos y se quitó la bata blanquísima, bajó al tumulto y la gente lo vio caminar. Alguien le dio una camisa, otro le dio su pantalón hasta que lo calzaron y vistieron como a uno de nosotros.
Jesús era un clon de la historia de la humanidad. Bajó y se perdió entre la multitud como cualquier otro.
Eso sucedió en nuestra ciudad, un grito de esperanza que teníamos que sacar de nuestras propias manos para hacerlo realidad.
Luego del evento, en las noticias hablaron sobre otras ciudades del mundo, donde Jesús corrió diferente suerte. En Suecia, por ejemplo, fue asesinado frente a las instalaciones de la Compañía de Jesús Clonador; en Inglaterra, fue acusado de locura y lo llevaron a un manicomio donde jamás le creció el cabello; en España, Portugal, fue aceptado dentro de las Instituciones como un dirigente espiritual. Europa se dividió más de lo que se esperaba a raíz de su clonación, pero acá en nuestra ciudad, dicen que lo han visto por ahí en la lucha libre, en los barrios bajos, de cantina en cantina y hasta en un trabajo de oficinista de ocho horas que no cree que el mundo se salve de lo que el mismo mundo ha creado.
Yo no supe cómo fue, ni cómo comenzó todo, pero sus palabras, las pocas, siguen estando en mi corazón y relucen como la palabra de un Dios cada que veo sonreír a mi hija después de toda la destrucción.

Hoy no vi nada nuevo en las noticias, sólo a mi hija hacer la tarea frente al televisor, recordándome lo mucho que se parece a su madre. 

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