lunes, 3 de junio de 2013

Denver
(borrador)
por
Isadora Montelongo


Dedicado a Denver y a sus cacas
 

Me volvió la depresión. Tomé la pastilla y puedo asegurar que toda la mañana busqué un cuchillo con el cual rebanarme las venas, pero en realidad no lo recuerdo. La búsqueda fue inútil. El perro ladró por la mañana y se aseguró de que no hiciera ninguna locura. En casa  todo  está protegido por los constantes arrebatamientos, y puedo constar que ninguna de las precauciones las hice yo.
El perro ha seguido ladrando, creo que lleva días sin comer o por lo menos yo no lo he alimentado. Yo no me he quejado tanto por lo mismo. Pero los animales son animales, ellos no se arrojarían de cabeza a un barranco. Tienen un sentido insano por la vida. Sólo el ser humano tiene la gracia de parecer ridículo dentro de sus pantalones o dentro de su propia vida.
Mi perro se llama Denver, es negro, vengativo y conspirador.
Hace días lo llevé en el auto y recorrimos las orillas de la ciudad, subimos a lo más alto de la montaña a uno de esos suburbios de ricos que hunden su cabeza en galones de petróleo  y atan las manos sobre millonarias cuentas bancarias, mientras sus pies bailan sobre el resto de la población.
Denver olfateó el lugar, hizo lo suyo con su aroma de macho peludo, negro y posesivo. Yo miré hacia abajo, me abrí de piernas, bajé el cierre del pantalón y meé todo el jugo acumulado por un par de horas en las que no quise levantarme de la cama ni si quiera para ir al baño.
Descargué un amarillo añejo que Denver no tardó en oler. El suburbio estaba ahí, sobre las faldas de un cerro que imponía su carácter que golpea el cielo con el filo de sus rocas. Con un cielo sangrado de azul clarito, con algunos disparos de nubes que yacían bajo el temple del cerro.
Yo sólo pretendía cagar, mear, escupir la basura humana que miraba bajo mis pies. Y luego, tal vez, después de la  primera fase de depresión. Morir. Y llevarme a Denver conmigo.
Me sentí terriblemente triste. Lloré la injusticia social como si fuera una niña que acaba de menstruar por primera vez y toda la clase ha visto la mancha roja sobre su  falda del uniforme del colegio. Me senté por un momento sobre los meados de Denver, se unió y me olfateó hasta que el sol nos dio en la cara un zape de luz.
El calentón en la cara y el pecho, hizo me levantara de prisa, con el enojo latiendo,  con el aceleré y la furia de derrumbar las primeras bardas de algunas residencias y demostrarle a los poderosos que un perro infeliz puede estropear sus bardas de piedra importada.
Subí al auto y Denver vino conmigo como una mascota egipcia que está para yacer junto a su amo. Arranqué con los huevos sobre el acelerador y bajé a toda velocidad por el barranco. Hacía sonar el claxon como un pequeño diablo, los guardias se asomaron y volé la primera barda de la privada, fueron pocas las abolladuras en el auto y las piedras al viento, muchas. Denver comenzó a morderme y a agitarse. Él no quiere morir, pero yo soy su dueño quien busca ir a parar al infierno. Recogimos el polvo del asiento. Iba con esas ganas en que se tira la depresión de la cama al siguiente día cuando sale el sol y se quiere beber toda la cerveza del mundo a las 7 de la mañana.
Denver ladró cuando eché un grito de locura.
Había una señal en la pared. Una señal donde las piedras pueden golpearte la cara y hacer que pierda uno la cordura.
Los pedazos de una primera barda alentaron la esperanza que se puede amar a alguien en la vida, que se puede vivir un día completo sin la menor tristeza y que siempre hay alguien a tu lado que te necesita como a un perro.
El aire ni si quiera ponía resistencia, el cofre del carro se veía justo como una flecha y yo gritaba con la plena certeza de hacer lo correcto en el nombre de la desesperanza de la clase social trabajadora y aplastada por el cuello. En el nombre de la gente a la que tratan peor que a un perro.
Los vigilantes se acumularon, cuando di la segunda embestida con el auto.
Dicen que Denver me sacó del carro, con todo y sus patas heridas. Dicen que lo primero que hizo fue mearme y lamerme  la sangre hasta que  la ambulancia llegó. Los paramédicos no podían asegurar si  la sangre era de él o mía.
Ahora tomo la pastilla una vez al día, cuando el perro ladra por la mañana y me mira fijamente con su pelaje negro que oculta los ojos de un animal conspirador. Sí, Denver me salvó de una muerte segura, pero no de una vida.
Yo sólo sé que los animales aman la vida, pero pueden odiar a sus dueños haciéndoles sentir lo que es la esclavitud como todos aquellos que viven en lo más alto de la montaña en uno de esos suburbios con bardas de piedra importada a las orillas de la ciudad.



4 comentarios:

  1. Isis de regalo

    (borrador de un...) Borrador

    La he visto en la cama, inmóvil desde la mañana, abandonada como bolsa de plástico que los recolectores dejaron o simplemente no quisieron llevarse, quizá por asco, de seguro por prudencia. Hay basura que nadie quiere, basura de la basura que ni siquiera tiene un olor curioso; desperdicios que el sol seca y el viento esparce: polvo y ceniza...

    Ya es de noche, ni las sábanas se mueven...

    En todo el día de hoy no fue siquiera al baño, siento como hasta su olor adelgaza...

    Desde que amaneció la he llamado, "no esperes a la muerte", le he ladrado. Muerte no gusta de invitaciones, no acude a donde la esperan, teme que quien la aguarde le prepare una celada. Todos los perros lo saben. Mi humana quisiera llamarse Muerte, lo he visto en sus ojos; su deseo brilla como el alma de una lágrima. Yo la llamo Isis porque lo que más quiere yace despedazado y disperso por toda la tierra -y aún más lejos...

    ¡Por fin tuvo que levantarse a tomar agua! También comió, aunque casi nada, un terroncito de azúcar que viene envuelto en un pedazo de metal. Nada más. Luego buscó por todos lados su sombra, o algo igual de valioso porque se la veía desesperada. Cuando no encontró lo que buscaba, su mirada se tornó hueca, entonces supe que saldríamos a pasear en auto...

    Estamos en un lugar al que nunca antes habíamos venido, pero que huele a tumba. Casi ni huele a humano. Por acá deben venir a perderse, como les enseñamos, siguiendo el olor de la muerte. Las bardas tan gruesas y altas para impedir que regresen a la vida y a la calle, tienen mensajes de lo más chistosos: "aquí orina un perro que tiene miles de humanos". Ningún perro cuerdo pensaría en poseer un humano, son demasiado inconstantes y arrojan sus juguetes en vez de enterrarlos, ni siquiera saben cómo morder...

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  2. Isis de regalo (cont.)

    Isis marcó el lugar, siguiendo mi ejemplo. Un mensaje bien ridículo, pero bueno, era su primera vez y no fue del todo malo: "¡Estoy enferma de hambre!", dicho con un chorro suave y breve, pero bien cargado de urea. Lo olí para mostrarle que estaba bien. Los humanos necesitan validación de algún otro por cualquier cosa que hacen. Son siempre cachorros. Pero Isis debió pensar que lo había hecho muy mal y me pidió disculpas sobre su trasero, sentada sobre mi marca como queriendo prenderse de mis orines, beber de mi sabiduría por sus riñones. Lo dicho, cachorros siempre...

    Entonces se sintió mejor de pronto, viva con la fuerza del hambre, y una deseo brilló en sus ojos. Se levantó como dando a entender, tengo una idea, pero los humanos siempre confunden sus deseos con ideas. Se levantó con un deseo de caza y de carne sanguinolienta. Y su deseo nos trajo diversión de hecho...

    Nunca antes había sido tan divertido un paseo en auto. Isis dejó de conducir como siempre lo hacía, como conducen los humanos: distraídos, absortos en sí mismos, con la vista perdida y sin sentir ni poner atención al movimiento. Esta vez, Isis hacia ladrar al auto y corríamos como en persecución de una presa. Nunca antes habíamos cazado juntos, ni mucho menos vi que Isis aprovechara la velocidad del auto para cazar. Pero en verdad cazábamos esta vez, el deseo de sangre en la cara de Isis me excitaba y la excitación me hacía desear morder algo, aunque fuese ella. El auto ladraba a otros autos, invitándoles a cazar con su ladrido que me da risa porque no tiene ni matiz ni expresión, sólo duración y fuerza, un ladrido impersonal e idéntico en todos los autos...

    Isis llevaba el auto por calle abajo y el polvo se levantaba en una nube detrás nuestro, como una cola de zorro. Recuerdo a los zorros, la cacería del zorro, no como algo vivo ni como una experiencia, sino sólo como eso, como un recuerdo, una memoria entre la carne y los huesos, una excitación más violenta que la de aparearse. Y la excitación me hacía desear rasgar el cuerpo de Isis, abrir fuentes de sangre en sus brazos y piernas, penetrar su carne. Y a Isis también le excitaba la cacería porque ladró como perra celo...

    Después de todo, los autos no saben cazar zorros, no saltan sobre las bardas ni a través de los arroyos. Los autos son inservibles de hecho, no se puede ir a donde uno quiera, sólo donde hay camino y los caminos aburren después de un rato; los caminos no llevan a ningún lado. Isis no hizo caso de los reclamos del auto, de sus ronroneos de felino cobarde. ¡Guaw, Guaw! Le hizo probar la libertad al muy marica, aunque no quería. Y el auto terminó de hocico entre las piedras de una barda. ¡Guaw! El muy marica...

    Desde entonces Isis no sale, tampoco come más que terroncitos de azúcar. En su mirada hay resentimiento cuando me observa. Yo sé que ella creé haber perseguido la muerte en nuestra cacería. Humanos cachorros. La muerte no se anuncia, tiene muy buen olfato para las trampas. Es cierto, la muerte es la presa en todas las cacerías y todos queremos cazarla, pero a ella no se la puede cazar...

    La verdadera y única cazadora es la muerte y cuando crees que ya la tienes, te deja un pedazo de carne entre las fauces.

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  3. Muchas gracias. Mejor obsequio nunca mejor! Saludazos

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