Denver
(borrador)
por
Isadora Montelongo
Dedicado a Denver y a sus cacas
Me
volvió la depresión. Tomé la pastilla y puedo asegurar que toda la mañana
busqué un cuchillo con el cual rebanarme las venas, pero en realidad no lo
recuerdo. La búsqueda fue inútil. El perro ladró por la mañana y se aseguró de
que no hiciera ninguna locura. En casa todo está protegido por los constantes arrebatamientos,
y puedo constar que ninguna de las precauciones las hice yo.
El
perro ha seguido ladrando, creo que lleva días sin comer o por lo menos yo no
lo he alimentado. Yo no me he quejado tanto por lo mismo. Pero los animales son
animales, ellos no se arrojarían de cabeza a un barranco. Tienen un sentido
insano por la vida. Sólo el ser humano tiene la gracia de parecer ridículo
dentro de sus pantalones o dentro de su propia vida.
Mi
perro se llama Denver, es negro, vengativo y conspirador.
Hace
días lo llevé en el auto y recorrimos las orillas de la ciudad, subimos a lo
más alto de la montaña a uno de esos suburbios de ricos que hunden su cabeza en
galones de petróleo y atan las manos
sobre millonarias cuentas bancarias, mientras sus pies bailan sobre el resto de
la población.
Denver
olfateó el lugar, hizo lo suyo con su aroma de macho peludo, negro y posesivo.
Yo miré hacia abajo, me abrí de piernas, bajé el cierre del pantalón y meé todo
el jugo acumulado por un par de horas en las que no quise levantarme de la cama
ni si quiera para ir al baño.
Descargué
un amarillo añejo que Denver no tardó en oler. El suburbio estaba ahí, sobre
las faldas de un cerro que imponía su carácter que golpea el cielo con el filo
de sus rocas. Con un cielo sangrado de azul clarito, con algunos disparos de
nubes que yacían bajo el temple del cerro.
Yo
sólo pretendía cagar, mear, escupir la basura humana que miraba bajo mis pies.
Y luego, tal vez, después de la primera
fase de depresión. Morir. Y llevarme a Denver conmigo.
Me
sentí terriblemente triste. Lloré la injusticia social como si fuera una niña que
acaba de menstruar por primera vez y toda la clase ha visto la mancha roja sobre
su falda del uniforme del colegio. Me
senté por un momento sobre los meados de Denver, se unió y me olfateó hasta que
el sol nos dio en la cara un zape de luz.
El
calentón en la cara y el pecho, hizo me levantara de prisa, con el enojo latiendo,
con el aceleré y la furia de derrumbar
las primeras bardas de algunas residencias y demostrarle a los poderosos que un
perro infeliz puede estropear sus bardas de piedra importada.
Subí
al auto y Denver vino conmigo como una mascota egipcia que está para yacer
junto a su amo. Arranqué con los huevos sobre el acelerador y bajé a toda
velocidad por el barranco. Hacía sonar el claxon como un pequeño diablo, los
guardias se asomaron y volé la primera barda de la privada, fueron pocas las
abolladuras en el auto y las piedras al viento, muchas. Denver comenzó a
morderme y a agitarse. Él no quiere morir, pero yo soy su dueño quien busca ir
a parar al infierno. Recogimos el polvo del asiento. Iba con esas ganas en que
se tira la depresión de la cama al siguiente día cuando sale el sol y se quiere
beber toda la cerveza del mundo a las 7 de la mañana.
Denver
ladró cuando eché un grito de locura.
Había
una señal en la pared. Una señal donde las piedras pueden golpearte la cara y
hacer que pierda uno la cordura.
Los
pedazos de una primera barda alentaron la esperanza que se puede amar a alguien
en la vida, que se puede vivir un día completo sin la menor tristeza y que
siempre hay alguien a tu lado que te necesita como a un perro.
El
aire ni si quiera ponía resistencia, el cofre del carro se veía justo como una
flecha y yo gritaba con la plena certeza de hacer lo correcto en el nombre de
la desesperanza de la clase social trabajadora y aplastada por el cuello. En el
nombre de la gente a la que tratan peor que a un perro.
Los
vigilantes se acumularon, cuando di la segunda embestida con el auto.
Dicen
que Denver me sacó del carro, con todo y sus patas heridas. Dicen que lo
primero que hizo fue mearme y lamerme la
sangre hasta que la ambulancia llegó. Los
paramédicos no podían asegurar si la
sangre era de él o mía.
Ahora
tomo la pastilla una vez al día, cuando el perro ladra por la mañana y me mira
fijamente con su pelaje negro que oculta los ojos de un animal conspirador. Sí,
Denver me salvó de una muerte segura, pero no de una vida.
Yo
sólo sé que los animales aman la vida, pero pueden odiar a sus dueños
haciéndoles sentir lo que es la esclavitud como todos aquellos que viven en lo
más alto de la montaña en uno de esos suburbios con bardas de piedra importada a
las orillas de la ciudad.
Isis de regalo
ResponderEliminar(borrador de un...) Borrador
La he visto en la cama, inmóvil desde la mañana, abandonada como bolsa de plástico que los recolectores dejaron o simplemente no quisieron llevarse, quizá por asco, de seguro por prudencia. Hay basura que nadie quiere, basura de la basura que ni siquiera tiene un olor curioso; desperdicios que el sol seca y el viento esparce: polvo y ceniza...
Ya es de noche, ni las sábanas se mueven...
En todo el día de hoy no fue siquiera al baño, siento como hasta su olor adelgaza...
Desde que amaneció la he llamado, "no esperes a la muerte", le he ladrado. Muerte no gusta de invitaciones, no acude a donde la esperan, teme que quien la aguarde le prepare una celada. Todos los perros lo saben. Mi humana quisiera llamarse Muerte, lo he visto en sus ojos; su deseo brilla como el alma de una lágrima. Yo la llamo Isis porque lo que más quiere yace despedazado y disperso por toda la tierra -y aún más lejos...
¡Por fin tuvo que levantarse a tomar agua! También comió, aunque casi nada, un terroncito de azúcar que viene envuelto en un pedazo de metal. Nada más. Luego buscó por todos lados su sombra, o algo igual de valioso porque se la veía desesperada. Cuando no encontró lo que buscaba, su mirada se tornó hueca, entonces supe que saldríamos a pasear en auto...
Estamos en un lugar al que nunca antes habíamos venido, pero que huele a tumba. Casi ni huele a humano. Por acá deben venir a perderse, como les enseñamos, siguiendo el olor de la muerte. Las bardas tan gruesas y altas para impedir que regresen a la vida y a la calle, tienen mensajes de lo más chistosos: "aquí orina un perro que tiene miles de humanos". Ningún perro cuerdo pensaría en poseer un humano, son demasiado inconstantes y arrojan sus juguetes en vez de enterrarlos, ni siquiera saben cómo morder...
Isis de regalo (cont.)
ResponderEliminarIsis marcó el lugar, siguiendo mi ejemplo. Un mensaje bien ridículo, pero bueno, era su primera vez y no fue del todo malo: "¡Estoy enferma de hambre!", dicho con un chorro suave y breve, pero bien cargado de urea. Lo olí para mostrarle que estaba bien. Los humanos necesitan validación de algún otro por cualquier cosa que hacen. Son siempre cachorros. Pero Isis debió pensar que lo había hecho muy mal y me pidió disculpas sobre su trasero, sentada sobre mi marca como queriendo prenderse de mis orines, beber de mi sabiduría por sus riñones. Lo dicho, cachorros siempre...
Entonces se sintió mejor de pronto, viva con la fuerza del hambre, y una deseo brilló en sus ojos. Se levantó como dando a entender, tengo una idea, pero los humanos siempre confunden sus deseos con ideas. Se levantó con un deseo de caza y de carne sanguinolienta. Y su deseo nos trajo diversión de hecho...
Nunca antes había sido tan divertido un paseo en auto. Isis dejó de conducir como siempre lo hacía, como conducen los humanos: distraídos, absortos en sí mismos, con la vista perdida y sin sentir ni poner atención al movimiento. Esta vez, Isis hacia ladrar al auto y corríamos como en persecución de una presa. Nunca antes habíamos cazado juntos, ni mucho menos vi que Isis aprovechara la velocidad del auto para cazar. Pero en verdad cazábamos esta vez, el deseo de sangre en la cara de Isis me excitaba y la excitación me hacía desear morder algo, aunque fuese ella. El auto ladraba a otros autos, invitándoles a cazar con su ladrido que me da risa porque no tiene ni matiz ni expresión, sólo duración y fuerza, un ladrido impersonal e idéntico en todos los autos...
Isis llevaba el auto por calle abajo y el polvo se levantaba en una nube detrás nuestro, como una cola de zorro. Recuerdo a los zorros, la cacería del zorro, no como algo vivo ni como una experiencia, sino sólo como eso, como un recuerdo, una memoria entre la carne y los huesos, una excitación más violenta que la de aparearse. Y la excitación me hacía desear rasgar el cuerpo de Isis, abrir fuentes de sangre en sus brazos y piernas, penetrar su carne. Y a Isis también le excitaba la cacería porque ladró como perra celo...
Después de todo, los autos no saben cazar zorros, no saltan sobre las bardas ni a través de los arroyos. Los autos son inservibles de hecho, no se puede ir a donde uno quiera, sólo donde hay camino y los caminos aburren después de un rato; los caminos no llevan a ningún lado. Isis no hizo caso de los reclamos del auto, de sus ronroneos de felino cobarde. ¡Guaw, Guaw! Le hizo probar la libertad al muy marica, aunque no quería. Y el auto terminó de hocico entre las piedras de una barda. ¡Guaw! El muy marica...
Desde entonces Isis no sale, tampoco come más que terroncitos de azúcar. En su mirada hay resentimiento cuando me observa. Yo sé que ella creé haber perseguido la muerte en nuestra cacería. Humanos cachorros. La muerte no se anuncia, tiene muy buen olfato para las trampas. Es cierto, la muerte es la presa en todas las cacerías y todos queremos cazarla, pero a ella no se la puede cazar...
La verdadera y única cazadora es la muerte y cuando crees que ya la tienes, te deja un pedazo de carne entre las fauces.
Un pedazo de carne de regalo
ResponderEliminarMuchas gracias. Mejor obsequio nunca mejor! Saludazos
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