10
días
(borrador)
Por
Isadora Montelongo

Dejé
de lavarme los dientes cuando anunciaron el fin de mundo. Eran 10 días los que
los comentaristas de cadena nacional informaron que le quedaban a la humanidad.
Flor
lloró después de escuchar la noticia, toda la mañana tuvo esa mirada de
desconcierto antes de irme al trabajo y cuando regresé, ella ya no estaba. Me
había dejado una nota con la esperanza de obtener mi perdón por correr tras el
amor de su vida, el cual no era yo.
No
me quité el anillo de casados, simplemente porque ya me había acostumbrado a
él, como ir al trabajo, levantarme a las seis de la mañana, bañarme, secarme el
cabello con la toalla y vestirme con el uniforme de la oficina que tenía un
color para cada día. Lo que sí dejé de hacer fue dejar de lavarme los dientes
después de cada comida. El mundo se iba a acabar y yo, tal vez, me desharía de
la única costumbre que jamás me gustó ni cuando fue pequeño: lavarme los
dientes.
Odiaba
el sabor de la pasta de dientes.
10
días para el fin del mundo y yo por fin me liberé del sabor de la pasta de
dientes.
Sebastían
y yo, fuimos los únicos dos empleados que siguieron yendo a la oficina. Todos
los demás compañeros y compañeras dejaron de ir inmediatamente la noticia se
anunció.
─
¿Qué vas a hacer antes que el mundo se acabe?
La
pregunta de Sebastián era algo que la mayoría de la población se había
preguntado. Yo sólo tenía que descubrir lo que quería hacer. No había nada que
quisiera hacer, hace demasiado tiempo había dejado mis deseos atados en algún
sitio que no recordaba.
─
Me iré todas las noches de parranda, cogeré con una mujer distinta cada día y
me echaré en la arena de la playa fumando la mejor yerba de la ciudad, desnudo,
como Dios me trajo al mundo.
Los
planes de Sebastián eran un repaso de la libertad de la juventud que habíamos
dejado extinguirse con la vida madura de un matrimonio, una casa, deudas, un
trabajo.
Yo
veía en Sebastián una llamarada capaz de encender hasta las rocas.
No
le contesté cuando me preguntó por última vez antes de recoger el saco del
perchero de la oficina y salir de ahí destruyendo las computadoras, saltando
sobre los escritorios al ritmo de la música de rock que traía en su celular.
─
¿Qué vas a hacer antes que el mundo se acabe?
Tuve
una sensación de salir de la oficina y preguntarle a cada persona que me
encontraba por el camino una y otra vez la misma pregunta.
“¿Qué
vas a hacer antes que el mundo se acabe?”
El
portero del edificio de la oficina no estaba, la secretaria salió huyendo tras
recoger las fotografías de su familia.
─
Yo sólo quiero estar con mi familia los últimos días, tras la puerta de mi casa
y que ni el ángel más fuerte me saque cuando todo esto termine.
Sus
ojos estaban hinchados cuando lo dijo. Supe que la soledad había acabado con mi
mundo mucho antes que el mundo se terminara y me acabara a mí.
“¿Qué
vas a hacer antes que el mundo se acabe?”
─
Viajar hasta donde el mundo se acabe.
Caminé
sin rumbo, iba preguntando conforme los días pasaban. A cada día, las cosas
iban de mal en peor, justo a la atardecer del último día los disturbios se
hicieron fuertes.
Una
chica huía de una muchedumbre, vi cómo corría sin detenerse, sus ojos aterrados
se posaron en los míos. Entendí que debía correr, corrimos juntos cuando una
oleada de balas y estallidos comenzaron a perseguirnos.
El
pecho me saltó como un chapulín, las piernas se me endurecieron y ella me tomó
de la mano de repente y me jaló hacia un corredor donde con un empujón, me
metió entre dos paredes. Nos ocultamos.
En
silencio, su pecho contra el mío, nacía la calma en la adversidad, en el último
día del mundo alguien me protegió sintiendo la misma vulnerabilidad.
Flor
juró permanecer conmigo hasta el último de nuestros días, fue una boda bonita,
hasta que su palabra se deshizo cuando se marchó.
La
muchedumbre pasó como una lava enloquecida sobre la tierra, la gente quemó con
antorchas los autos, los negocios y las casas a su paso.
Ella
me miró, sin un nombre que pudiera sostener sobre el filo de los labios, y aún
así, la conocía desde el principio del tiempo.
─
¿Qué vas a hacer antes de que todo se acabe?
Frente
a frente y en el final, una sonrisa gigante, dulce y amorosa me atrapó.
─
Me llamo Paula y lo que haré en el último día es ser tal cual he sido siempre,
porque hasta ahora me ha gustado ser como soy.
Paula
se apegó a mi pecho y yo sólo respiré aliviado de por fin saber qué haría antes
de que todo se acabe. Perdonarme por lo que no hice para ser quien quería ser.
Muy bueno. En verdad, muy bueno. Ojalá y pueda leer una versión definitiva... alguno de estos días, si la verdadera realidad no desanima.
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