1. Este cuento borrador, va con todo respeto a la tragedia que sigue galopando en el estado de Nuevo León.
2. Dios nos dé fuerza y paz.
Al final
(borrador)
Por Isadora
Montelongo

(Foto extraída del siguiente link:http://www.eluniversal.com.mx/notas/899046.html)
Aquí dejo la nota: http://www.eluniversal.com.mx/notas/899046.html
Carlos
Anguiano descansó su barbilla sobre el hombro descubierto y sudado de Patricia y se dejó venir dentro de ella. Ella
bajó las piernas que rodeaban la cintura de él y se tropezó con los cables de
las luces del escenario. El ambiente comenzaba a calentarse con los muchachos y
muchachas que llegaban alcoholizados para escuchar al grupo tocar las nuevas y
suaves canciones que hacían bailar a todos. Un guapachazo grito norteño se
escuchaba desde arriba de las gradas y el temblor del suelo no se hacía esperar
cuando los zapatos golpeaban la pista que lucía reparada de la batalla anterior
de bandas cumbiancheras.
Los
músicos de la banda se fueron acomodando entre los gritos de la noche y las
caderas que se apretaban unas contra otras en los jeans ajustados.
─
Échele mi Norte, ¿cómo estamos?, ─ saludó la segunda voz de los cumbieros
rebeldes cuando se lanzó la primera avalancha de gritos.
Carlos
Anguiano desbastó los labios de Patricia, una joven morena fanática y empleada del
grupo que los seguía para todos los bailes como parte de su afición y trabajo, con
lo último que le colgaba de semen. Subió el cierre y se apresuró al escenario.
Las
percusiones comenzaron a sonar con un ritmo alegre y acelerado. Carlos Anguiano
tomó el micrófono y comenzó a cantar, bailar hasta que el público emocionado no
pudo parar.
Cumbianchero
con el corazón rojo y los pulmones llenos de aire, hizo que la velada en el
lugar fuera un azote de nalgas, caderas, piernas y notas revoltosas que
brincaban sin cesar.
Patricia
esperaba en cada concierto hasta que el último cable desapareciera de la parte
de atrás. Recibió una tarjeta que después entrego a Carlos, quien se dejaba
acariciar después de firmar autógrafos de las muchachas que se acercaban a
tomarse una foto con el celular. La tarjeta traía un número de celular y según
Patricia, era para contratar a la banda para un evento ocasional.
Anguiano
se lo pasó a Rubén y éste a Roberto, su papá, quien comenzó la banda y dejaba a
Patricia recibir todas las tarjetas para llevar el registro y la cuenta.
Patricia no sólo era la más grande fan, sino la que por temporadas, colocaba a
los muchachos la nueva agenda de las tocadas.
La
cita se dio el martes en la noche a las afueras de la ciudad. Fue una fiesta en
un rancho llamado “la carreta”. Patricia sintió todo el día comezón entre sus
piernas, una manera de extrañar a Carlos cuando no estaba con él, era sentir
esa extraña comezón que la molestaba durante todo el día. Se recostó en la
oficina y miró el micrófono que Carlos Anguiano llevaba a todos lados, vio que
pequeños cables salían de la parte inferior y se los colocó acariciando las
carnes suaves de su entre pierna. No pudo resistir y miró la dirección que Roberto había escrito
del rancho. La anotó en su celular y en un impulso sin freno, manejó hasta el
lugar. Era noche, y el frío fuera de la ciudad se sentía espeso. Patricia tuvo
la mano izquierda todo el camino entre sus piernas. Se acercaba al recuerdo de
Carlos Anguiano cada que avanzaba hacia el rancho. Carlos era una forma
exquisita de la sensualidad sobre el escenario, una voz que le acariciaba el
cuerpo cuando se acercaba a su cuello y olía el perfume de sus cabellos. Carlos
Anguiano quien ponía a bailar todo su corazón.
Patricia
estacionó la camioneta a las afueras del rancho, una vereda solitaria donde no
se escuchaban ni los perros ladrar. Se asomó entre los espacios de las puertas
enormes y no logró ver nada. Ni siquiera escuchaba la voz sensual de Carlos que
debería de estar cantando la última de sus canciones: Al final. Una de las
rolas más movidas y que se la había dedicado cuando por primera vez le dijo que
la amaba.
Una
comezón intensa hizo que se rascara, algo que la hacía rascarse hasta que entre
sus dedos se tocó la húmedad de la sangre que distinguió por las luces de la
camioneta.
Patricia
presintió algo, llamó al celular de Carlos y no contestó, al celular de Rubén,
al celular de todos los 16 muchachos de la banda y ninguno atendió su llamada,
cuando siempre que ella hablaba lo hacían por alguna emergencia que surgía con
las fechas de los eventos.
El
silencio comenzó a asustarla, encendió el motor de la camioneta y pitó cuantas
veces pudo. Nadie contestó a la puerta. La comezón era intensa, una comezón que
se pierde dentro de la carne sin salir a la piel.
Patricia
en el arrebato de rascarse la entrepierna, presionó su pie en el acelerador,
empujando la palanca de manos, dejando la camioneta sin freno y se estrelló en
las puertas del rancho.
Una puerta dejó el espacio que
necesitó para ver lo que no podía creer.
Carlos Anguiano, integrante y voz principal de la banda cumbieros
rebeldes, yacía desnudo junto a los quince cuerpos de sus compañeros
desmembrados en el centro del patio.
Patricia huyó del lugar al sentir
un dolor intenso en su entrepierna, como si esta al final de la comezón se cerrara de par en par como una tumba.
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