martes, 29 de enero de 2013


1. Este cuento borrador, va con todo respeto a la tragedia que sigue galopando en el estado de Nuevo León.
2. Dios nos dé fuerza y paz.

Al final
(borrador)
Por Isadora Montelongo

El jueves amenizaron una fiesta y no se supo de ellos desde el viernes
(Foto extraída del siguiente link:http://www.eluniversal.com.mx/notas/899046.html)
Aquí dejo la nota: http://www.eluniversal.com.mx/notas/899046.html

Carlos Anguiano descansó su barbilla sobre el hombro descubierto y sudado de  Patricia y se dejó venir dentro de ella. Ella bajó las piernas que rodeaban la cintura de él y se tropezó con los cables de las luces del escenario. El ambiente comenzaba a calentarse con los muchachos y muchachas que llegaban alcoholizados para escuchar al grupo tocar las nuevas y suaves canciones que hacían bailar a todos. Un guapachazo grito norteño se escuchaba desde arriba de las gradas y el temblor del suelo no se hacía esperar cuando los zapatos golpeaban la pista que lucía reparada de la batalla anterior de bandas cumbiancheras.
Los músicos de la banda se fueron acomodando entre los gritos de la noche y las caderas que se apretaban unas contra otras en los jeans ajustados.
─ Échele mi Norte, ¿cómo estamos?, ─ saludó la segunda voz de los cumbieros rebeldes cuando se lanzó la primera avalancha de gritos.
Carlos Anguiano desbastó los labios de Patricia, una joven morena fanática y empleada del grupo que los seguía para todos los bailes como parte de su afición y trabajo, con lo último que le colgaba de semen. Subió el cierre y se apresuró al escenario.
Las percusiones comenzaron a sonar con un ritmo alegre y acelerado. Carlos Anguiano tomó el micrófono y comenzó a cantar, bailar hasta que el público emocionado no pudo parar.
Cumbianchero con el corazón rojo y los pulmones llenos de aire, hizo que la velada en el lugar fuera un azote de nalgas, caderas, piernas y notas revoltosas que brincaban sin cesar.
Patricia esperaba en cada concierto hasta que el último cable desapareciera de la parte de atrás. Recibió una tarjeta que después entrego a Carlos, quien se dejaba acariciar después de firmar autógrafos de las muchachas que se acercaban a tomarse una foto con el celular. La tarjeta traía un número de celular y según Patricia, era para contratar a la banda para un evento ocasional.
Anguiano se lo pasó a Rubén y éste a Roberto, su papá, quien comenzó la banda y dejaba a Patricia recibir todas las tarjetas para llevar el registro y la cuenta. Patricia no sólo era la más grande fan, sino la que por temporadas, colocaba a los muchachos la nueva agenda de las tocadas.
La cita se dio el martes en la noche a las afueras de la ciudad. Fue una fiesta en un rancho llamado “la carreta”. Patricia sintió todo el día comezón entre sus piernas, una manera de extrañar a Carlos cuando no estaba con él, era sentir esa extraña comezón que la molestaba durante todo el día. Se recostó en la oficina y miró el micrófono que Carlos Anguiano llevaba a todos lados, vio que pequeños cables salían de la parte inferior y se los colocó acariciando las carnes suaves de su entre pierna. No pudo resistir  y miró la dirección que Roberto había escrito del rancho. La anotó en su celular y en un impulso sin freno, manejó hasta el lugar. Era noche, y el frío fuera de la ciudad se sentía espeso. Patricia tuvo la mano izquierda todo el camino entre sus piernas. Se acercaba al recuerdo de Carlos Anguiano cada que avanzaba hacia el rancho. Carlos era una forma exquisita de la sensualidad sobre el escenario, una voz que le acariciaba el cuerpo cuando se acercaba a su cuello y olía el perfume de sus cabellos. Carlos Anguiano quien ponía a bailar todo su corazón.
Patricia estacionó la camioneta a las afueras del rancho, una vereda solitaria donde no se escuchaban ni los perros ladrar. Se asomó entre los espacios de las puertas enormes y no logró ver nada. Ni siquiera escuchaba la voz sensual de Carlos que debería de estar cantando la última de sus canciones: Al final. Una de las rolas más movidas y que se la había dedicado cuando por primera vez le dijo que la amaba.
Una comezón intensa hizo que se rascara, algo que la hacía rascarse hasta que entre sus dedos se tocó la húmedad de la sangre que distinguió por las luces de la camioneta.
Patricia presintió algo, llamó al celular de Carlos y no contestó, al celular de Rubén, al celular de todos los 16 muchachos de la banda y ninguno atendió su llamada, cuando siempre que ella hablaba lo hacían por alguna emergencia que surgía con las fechas de los eventos.
El silencio comenzó a asustarla, encendió el motor de la camioneta y pitó cuantas veces pudo. Nadie contestó a la puerta. La comezón era intensa, una comezón que se pierde dentro de la carne sin salir a la piel.
Patricia en el arrebato de rascarse la entrepierna, presionó su pie en el acelerador, empujando la palanca de manos, dejando la camioneta sin freno y se estrelló en las puertas del rancho.
            Una puerta dejó el espacio que necesitó para ver lo que no podía creer.
            Carlos Anguiano, integrante  y voz principal de la banda cumbieros rebeldes, yacía desnudo junto a los quince cuerpos de sus compañeros desmembrados en el centro del patio.
            Patricia huyó del lugar al sentir un dolor intenso en su entrepierna, como si esta al final de la comezón se cerrara de par en par como una tumba.



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